Nunca he viajado. Encerrado en esa idea he recorrido medio mundo, he visto un sólo paisaje, he conocido un sólo país, sólo a tres hombres, un perro, un cerdo y un mono, a una sóla mujer y a cientos de animales y árboles. "¿Cuántos árboles han habido en tu vida?", suelo preguntarme cuando pierdo la esperanza. A los árboles no les caemos bien. No los considero amigos pero me ayudan a recuperar la esperanza. Quiero decir, ¡quién quiere amigos con enemigos así!

Nunca he estudiado. Condenado por un pecado del que nada aprendí, lo aprobé todo hasta que Dios dejó de creerme. Más tarde, la ciencia dejó de entenderme, el dinero de necesitarme, la democracia de escucharme, la naturaleza de buscarme y a la cultura ya no le divierto. A pesar de eso, nunca dejé de creer lo suficiente para llegar a escribir mis propias trampas:

Trampa 1. Si crees que es un juego, aprenderás cómo obedecer. Trampa 2. Si no crees, lo escribirás. Trampa 3. Si crees, nunca más oirás sí.

Leer libros es la promesa del paraíso. Leer libros es robarle al niño herido que fuiste la oportunidad de explicarse. Leer libros es la forma adulta de ser humillado para poder ser feliz. Si te niegas a leer libros, los árboles acaban siendo tus enemigos y te enseñan cuál es el camino real más obvio. La educación, que es sagrada, no debería estar en manos de profesores ni de curas. Ningún cura o profesor que no vaya al gimnasio tiene ya ninguna credibilidad. Decimos y hacemos y todas ellas no son más que actividades de curas y de profesores. Actividades que sólo pertenecen a todos aquellos que acusan y a todos aquellos que se refugian en aquella trinchera de allí, lejos siempre del eterno combate.

Nunca he tenido un trabajo. Al igual que curas y profesores, yo tampoco he tenido nunca un trabajo y me he dedicado a aquello para lo que menos sirvo, esto es, a venerar al padre. Tener un trabajo es ganarse el derecho a desobedecer al padre y eso conlleva una renuncia que está al alcance de pocos. De momento, sólo me he ganado el derecho a no vestir el hábito que es el derecho a no ganar.

Nunca he tenido un proyecto. Demasiado extremista para ser violento, el futuro no me dió ninguna oportunidad. Mientras, sigo escribiendo palabras como 'nunca' o como 'siempre' y conjugo verbos como 'ser' para obligar a que mi pasado no se olvide de mi.

Nunca he estado aquí antes. Lo sé porque no tengo derechos y porque lo veo en los ojos de los gatos, de los niños y de los muertos. Los hombres y las mujeres nos han abandonado. ¿Dónde están los seres humanos que nos prometieron? A los gatos, a los niños y a los muertos no parece importarles esto demasiado, por tanto, ¿por qué debería yo preocuparme? Mientras busco mi lugar en la sociedad de los gatos y de los niños que también esperan, el paraíso se sigue ensanchando cada vez más, dejando a los muertos sin la posibilidad del desastre.

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