-Hola, soy Satanás. Dejadme que os explique. Durante mucho tiempo he andado un poco confundido. Os vais a reir, pero creí que era Dios o Jesucristo o algo así, y que mi misión era hacer el bien. Os pido perdón. Finalmente me he dado cuenta de que soy Satanás y os prometo que a partir de ahora, nada malo va a volver a suceder en el mundo.

El bien no es lo opuesto al mal. Lo opuesto al mal es el conocimiento del mal. La voluntad de destrucción no es la voluntad de conocimiento sino el hecho de este conocimiento. Puedes abrazar, matar o negar a Dios pero no podrás saber qué importancia tiene eso o qué significa. Lo que sí que podemos llegar a saber es que no es posible no conocer a Dios y que eso nos salva del hecho de Dios. Algo siempre permanece oculto y no es el mal sino el hecho de Dios.

El destino de todo hombre y de toda mujer es peguntarse qué es el amor. El amor no es lo contrario al odio, ni lo contrario al egoismo o la muerte. El amor es la única manera de eludir al destino y la única manera de hacer eso es estando en dos lugares al mismo tiempo. Esa es la enseñanza que permanece oculta y la manera de preguntarnos sobre nuestra eternidad.


La muerte no es nuestro destino sino la naturaleza de la voluntad, lo que por un lado, nos permite vivir y nos hace eternos pero, por otro, nos aleja de nuestro egoísmo, de la palabra dada y de la promesa de amar. Cumplir esta promesa es morir, es decir el acto y por tanto, el reconocimiento de la palabra.

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