Este cambio de era, como cualquier otro cambio importante, tiene poca trascendencia lo que provoca mucha actividad. Algunos dinosaurios ya sabían lo del meteorito y siguieron comiendo y bebiendo.

Muchas personas lo desconocen pero este momento de transición entre la era de Piscis y la de Acuario les está sentando muy mal. El caso de los ángeles es especialmente evidente y doloroso. Son estos señores-sin-sexo, hombres y mujeres, que se aparecen en público y normalmente en grupo. Su vestimenta angelical los hace fácilmente reconocibles y especialmente poderosos, que es como digo, un poder-sin-sexo que les confiere esa extraña seguridad en si mismos.

La incorrupta inocencia de los ángeles nos asusta porque creemos que nos pone en peligro. Por eso, su presencia nos provoca rechazo, casi náusea, y esto es bueno porque nos lleva a preguntarnos sobre nosotros mismos y a poner en duda nuestras creencias. Sus risas congeladas, de una humanidad perdida, nos empujan a querer recuperar la forma de la guerra y a intentar colocarnos entre esos dos mundos modernos que dejamos atrás y esta nueva era que hemos aceptado.

Porque los ángeles también nos tienen miedo o eso creen. Los ángeles ni son materia ni dejan de serlo o eso creen. Los ángeles son los guardianes de algo valioso o eso creen. Lo cierto es que los ángeles no son capaces de decir otra cosa que la verdad y utilizan el lenguage solo para no tener que pedir perdón. Por eso deberíamos creer a los ángeles cuando nos dicen que confiemos y que nos dejemos engañar por su apariencia. También deberíamos creerlos cuando nos dicen que sus rostros y sus sonrisas no son el reflejo de nada sino la verdad de los hombres mortales y libres, de los hombres y de las mujeres que desean poder escoger y ser perdonados. Y por lo tanto deberíamos creerlos cuando nos suplican solo con el rostro o con una sonrisa verdadera que su sacrificio no debe quedar impune. Nosostros sin embargo, en lugar de matar o ser matados, preferimos no ser capaces de ser otra cosa que artistas libres condenados a la certeza de que podemos mostrarnos y dejarnos ver.

Los ángeles siempre han tenido la capacidad para definirnos y eso les ha costado caro. La decadencia de los ángeles es el precio que han pagado por nuestra falta de egoísmo y está en nuestra manos poderla detener. En esta nueva era, sin tiempo para derrotas o victorias, es la guerra una vez más lo que vuelve ha estar en juego. En esta nueva era donde Dios no es el otro, donde Dios no
está muerto, donde los ángeles solo pueden seguir cayendo hacia adelante y donde algunos, para salvarse, se siguen aferrando a la posibilidad del desastre, la amenaza se sitúa debajo bajo la forma del paraíso.

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