Aprovechando la coyuntura de decandencia y decrepitud de la cual las sucesivas crisis y la pandemia tampoco parecen que nos van a librar, he decidido empezar a escribir en primera persona como si realmente estuviera diciendo lo que estás leyendo.

Voy a hablar de mi y sobre mi pretendiendo que se puede hablar de otra cosa.

Sin la guerra, nuestras opiniones alimentan a la bestia y mientras decido seguir comiendo de ese caldo pastoso y primigenio, voy a intentar, por énesima y penúltima vez, llamar la atención de ese animal sin que se note demasiado. Así, sin más presentaciones ni dar las gracias a nadie, empiezo.

Gracias por tu atención, por dejarme este espacio, por aprender de mi, por prestarme tus palabras que son esclavas del tiempo y siempre nos abandonan, tanto da si huyes como si no. Gracias por rezar a la bestia y por dejar que el tiempo te utilice para moverse y así quedar expuesto.

"¿Estoy lo suficientemente condenado?", te preguntarás.

Déjame que te cuente una historia, una historia que no habla de ti como si se pudiese hablar de otra cosa.

Si eres capaz de no ver tu reflejo en el espejo, sabrás que estás condenado pero, sobretodo, podrás decirlo con palabras en el justo momento en el que el espejo se rompe. No hablarás el lenguaje de la bestia porque, simplemente, la bestia será tú. Esto nos puede parecer terrible pero yo, personalmente, no encuentro el problema.

Ahora bien, si no eres capaz de no ver tu reflejo, la verdad se alimentará de ti en el justo momento en el que el relato deje de pertenercerte, a ti y a Dios también, y pase a pertenecer a los ángeles lo cual sí que supone un verdadero problema ya que es cuando empezamos a entendernos.

Desde entonces han pasado días, semanas o incluso años.

El propósito de estas palabras que lees y que están en todas partes es arrastrarnos a lo natural. Esto, sin embargo, solo es posible retorciendo estas mismas palabras, deformándolas hasta hacerlas bellas y para eso, primero, deberíamos ser capaces de no verlo.

Por lo tanto, lo más probable es que al leer estas palabras la vida huya irremediablemente de tí y que, en realidad, nuestra imposiblibildad de ser condenados sea lo único que nos evita la decadencia y la decrepitud.

Pero lo importante sigue sin ser el rostro de la bestia. Lo importante es que tu rostro es un arma que no quieres. La cara es un ejército y, desgraciadamente, eso es lo primero que le robas a un niño.

Cuando yo utilizo tu rostro, tú te defiendes valientemente y luchas y matas, que es lo mismo que hacen los niños que odian sonreír porque saben qué significa.

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