La materia que te forma, la materia de tu carne y de tus huesos, la materia de las plantas, de los animales y de las montañas es profundamente contaminante por eso la necesidad de un futuro de acero y titanio si queremos preservar nuestro planeta. Esa sensación orgánica y natural que tienes de la materia se sustenta de la sangre de miles de asesinatos, crímenes y abusos que deben seguir sucediendo porque la materia, como así lo dicta el arte en su eterna lucha por destruirse, nunca es suficiente.

Pero ese no es el problema. El problema no es que la materia contamine porque tu cultura ya no sea sostenible. El problema no eres tú. El problema tampoco soy yo. No es el ser humano o el sistema económico los que amenazan el planeta porque el problema no tiene forma de amenaza sino de disculpa.

Nuestro planeta es una víctima más de las disculpas del Estado. Mientras sigamos siendo capaces de ver la naturaleza, tú te seguirás alejando de mi y el planeta seguirá ardiendo sin poder consumirse. Nuestro planeta puede soportar la contaminación, el calentamiento y la sobrepoblación. Lo que de ninguna manera puede soportar, es el paraíso.

Hace tiempo alguien mató a Dios para preservar el cielo y el infierno. Desde entonces sabemos a donde vamos. Mucho más tarde alguien quiso disculparse y dijo que Dios había muerto condenando así a Dios a ser eterno e inmortal. Desde entonces Dios es material y el engaño ya no es posible.

¿Si el engaño ya no es posible por qué en cambio sigue siendo posible la injusticia? Que seamos capaces de ver la injusticia es efectivamente una mala señal y una prueba más de que la cultura para que funcione tiene que ser la forma más evidente de manipulación. Para rebelarnos contra ésta u otra injusticia deberíamos primero ser capaces de no verla. Rebelarse ante la injusticia es no saber a dónde se va pero tener la certeza de llegar a tiempo. Rebelarse ante la injusticia es la distancia material más corta posible entre tú y yo y la definición más certera del egoísmo.

Últimos artículos publicados