Alguien expulsó del centro del espacio público al hombre blanco, machista, clasista y autoritario, dejando vacío un espacio que se llenó de miseria, crueldad y miedo. Ese espacio vacío lleno es el fascismo. El fascismo es la antítesis y el enemigo de lo salvaje, lo primitivo, de la selva y de la naturaleza. El fascismo es el estado natural de las cosas que no tienen forma. Tener forma para evitar el fascismo es inútil.

Tener forma se ha vuelto inútil porque recurrimos al arte que se envidia a si mismo y que intenta detestar lo que ya es. El arte que no puede ser otra cosa que arte se replica en infinitas formas. El arte, por ejemplo, imita al tiempo con la intención de devolvernos al paraíso. El arte es la imagen que escuhamos. El arte no necesita perder y ganar siempre es una de sus infinitas formas.

Para evitar el fascismo y recuperar la forma sólo podemos recurrir a las madres que nos guían en la guerra. Las madres nos enseñan que el hombre, que respeta la razón de su enemigo y por eso lo mata, no existe y por eso nunca pudo ocupar el espacio público. Que la mujer, que no respeta la razón de su enemigo y por eso dialoga, tampoco pudo nunca ocupar el espacio público porque siempre existe. La mujer es todo aquello que se dice en todos los casos y se muestra en todos los casos. El hombre es todo aquello que puede aceptarse o puede negarse.

El arte detesta a todas las madres porque son las únicas que nos ocultan el hecho de que el espacio público sigue estando ocupado y las únicas que nos devuelven al estado natural que nunca tuvimos. Las madres que nos permiten estar en dos lugares al mismo tiempo nos explican que la guerra es la forma perdida.

Falta cultura bélica. Somos uno/as inculto/as de la guerra y nos ha faltado pelearnos más en el patio del colegio. La guerra, mísera, es explicar la guerra que lo único que busca es rendirle culto obsceno al Padre déspota al que se intenta derribar de forma patética. Atrapados en ese mundo sin formas no logramos relacionar, olvidamos la proporción y nos sometemos a la forma del Padre. Pero eso está tan alejado del fascismo como de la naturaleza y mucho más cerca del paraíso que del progreso.

Ningún país es una democracia. La democracia no es un sistema, es una unidad. La unidad sólo se consigue fuera de la ley. Sucede cuando se pone el extremo en el centro del espacio público porque dejamos a los extremos sin enemigos. Si hablamos de países, sólo podemos hablar de libertad. Los países 'más democráticos' son los que menos libertad tienen. A cambio, esos países someten al individuo a la historia y a la cultura para que pueda pensar libremente. Así se crea el sistema, donde la sumisión no es necesaria porque no es el miedo a la libertad lo que da forma a los actuales países 'democráticos' sino el hecho de no saber cómo conseguir dejar sin enemigos al fascismo.

Ningún país es capitalista porque si lo fuera dejaría de ser un país. El capitalismo no es un sistema, es el enésimo intento del arte por apoderarse de la forma de la guerra.

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