No hay ningún nacionalismo español porque España no existe. España es un proyecto político básicamente catalán y es un proyecto fracasado por la propia incapacidad de Cataluña de diluirse en él, no tanto por culpa de su nacionalismo que asume que España es Castilla sino por su fuerte tradición de izquierdas que le impide hacer o defenderse de la revolución. España, su imperio, sus reyes, sus dictaduras, su catolicismo, es un proyecto de izquierdas, el mismo que, a falta de un enemigo, construye el mundo actual.

El fracaso de España es el fracaso de la independencia de Cataluña de ahí que la inevitable independencia de Cataluña será ya tarde. Cataluña haría bien de hacerse responsable sin complejos de ese fracaso. Insistir en España es peligroso para Cataluña, también para la Unión Europea así como para todos aquellos gobiernos que aspiran a una mayor influencia. En cambio, insistir en España es bueno para todos aquellos pueblos que desean reordenar la globalización según un modelo más local y más humano.

Si Cataluña sigue insistiendo en España la reacción será una mayor consolidación a nivel global de la ultraderecha y el extremismo que no son más que el deseo insistente y velado de no ser, la expresión del deseo de no ser y que te hace sentir ganador. Ésta es una opción real que avanzará invisible bajo la apariencia por ejemplo de España, de Cataluña y de un conflicto.

Para Cataluña, asumir ese fracaso significaría una salida, es decir, teniendo en cuenta su área de influencia y tamaño, asumir que la independencia de Cataluña no puede significar una república o un sistema sino una unidad. Cataluña será conquistadora o no será. España será Espanya o no será, sabiendo que España puede estar en cualquier sitio.

Los nacionalismos y las identidades ya no nos protegen. La prueba de la existencia de Cataluña y su supervivencia es su propia incapacidad para materializarse, es decir, de expresar el deseo de sentirse ganadora. Cataluña históricamente ha rehuído ese deseo. Esta capacidad de resistencia, más que cualquier otra consideración cultural o histórica, es su verdadero hecho diferencial y su apuesta por la civilización. Esta resistencia no recae en el pueblo catalán, con su cultura, su historia y su lenguage, sino en los catalanes, sin identidad porque ha sido la montaña la que los ha protegido. Las victorias de los catalanes nunca son victorias sino que son una manera de explicar y definir qué es una victoria. Esa es la montaña que une a los catalanes y que les permite dejar de ver a la naturaleza. Así consiguen expresarse los catalanes y definir su relación con el poder y el arte aunque sea de forma fugaz.

España y la Unión Europea, ignoran hacia donde avanzan, cosa que pueden permitirse, pues avanzan hacia el fracaso impuesto. Los nacionalismos no son la reacción populista al fracaso de la Unión Europea. La reacción populista del fracaso de la Unión Europea son sus países que a través de sus Estados han convertido a los nacionalismos en una identidad, en la fuerza que se desprende de no existir. No existir es la fuerza que te permite, por ejemplo, raptar a Europa. Mientras asistimos hoy al intento declarado del secuestro de Cataluña, el auténtico asunto interno de la Unión Europea sigue siendo Europa.

Los catalanes es el genuino nacionalismo europeo y su verdadera identidad. Hoy los europeos existen más que nunca, la prueba es que su realidad y su voluntad han sido secuestradas. Los españoles en cambio es todo aquello donde se proyecta el ciudadano moderno. Los europeos todavía son capaces de renunciar al poder. Los españoles ya no se juegan nada.

Sin ningún nacionalismo ni nación que defender, la fuerza que sustenta España en el conflicto contra Cataluña no recae en su Estado, su ejército o en sus medios de comunicación sino en los españoles. Los españoles poco tienen que ver con el error España sino que son el resultado del poder difuso y global. Son los ciudadanos modernos que necesitan enfrentarse a los problemas de un mundo sin entidad y de una realidad debilitada para poder ellos ser justos y democráticos. Incapaz de generar el problema, el ciudadano moderno es el mediador que se alimenta del mundo y agota la realidad. La identidad del ciudadano moderno ha dejado de ser el camino a la ciudad para pasar a ser la ciudad misma. Otro fantasma.

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