Para entender las amenazas de nuestro tiempo, primero deberíamos poder llegar a la ciudad que es en definitiva, el lugar de origen de la naturaleza. La ciudad es la única idea propia que se nos permite defender, el único territorio donde la guerra vuelve a ser la única opción política que nos salva del lenguage y nos permite ser modernos otra vez. En la ciudad, el arte vuelve a ser útil para los que no tienen nada que mostrar. Frente a todas las amenazas devoradas por el futuro, frente a todas las vidas arrojadas contra nuestras pantallas, la ciudad llena de tierra nuestras palabras y es donde la tribu habla el idioma de los robots.

Salir del campo y recorrer el camino hasta la ciudad es recorrer el camino de regreso a la naturaleza. Sin embargo, y debido a que la naturaleza ha muerto porque no somos capaces de no verla, solo nos queda refugiarnos en el futuro, volver una y otra vez a las ideas antiguas que nos ofrece el progreso. Ideas que nos obligan a ser mirados, que solucionan la luz muerta que nos debería guiar y que impiden el problema.

Aunque nos defendamos y creamos que nos estamos protegiendo, en nuestro tránsito del campo a la ciudad, nos hemos quedado sin enemigos, es decir, sin nadie a quien salvar. El ciudadano, a diferencia del ciudadano moderno o del artista, se debe a la creación del enemigo. Sabe que al enemigo no se le puede negar y este conocimiento le sirve para poder recibir la palabra. Para el ciudadano, el enemigo nunca es la idea con la que el enemigo te obliga a ganar o perder, ni es la idea que te coarta la guerra.

El ciudadano, a diferencia de las ideas, es generador del problema. Sin ese ciudadano no hay sujeto hacia donde migrar y los territorios acaban defendiéndose de nosotros mismos y alzando muros para ellos poder protegerse.

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