La oportunidad catalana es una fuerza creadora. Todavía hoy no sabemos pronunciarla y nos parece bien o mal para poder verla. Nunca hemos hablado de la revolución y ahora es cuando nos damos cuenta.

Todas las respuestas y las reacciones, desde la represión de España, hasta la hipocresía de la Unión Europea, pasando por la confusión de buena parte de la sociedad catalana, ante lo que sucedió en Cataluña el 1 de Octubre de 2017, son ese mismo silencio lleno de gestos repetidos, una vez tras otra, para que podamos avanzar.

Un silencio lleno que el arte aprovecha para derrotarnos y que debería hacernos recordar que el miedo no es ningún sentimiento sino una cuestión de estilo. No es cierto que lo desconocido nos asuste. De hecho, solo nos asusta lo que mejor entendemos pero que no podemos pronunciar. En cualquier caso, esto que hoy sigue sucediendo, y que seguirá sucediendo mañana, ya es historia, porque la historia ya no se repite gracias a la oportunidad catalana y al habernos pronunciado.

La revolución sólo puede ser original y primitiva, es decir, no-violenta, incluso aunque lo primitivo nos muestre su violencia bajo la forma de un futuro. La revolución es un desafío al sueño de la civilización que reacciona con un gesto eterno, un verbo perdido en el tiempo. Tiempo es el nombre que el arte le pone a la revolución para hacernos perder la esperanza.

La oportunidad catalana es el enemigo. ¡Por supuesto que lo es! El único enemigo que hemos conocido. El enemigo que nos hace no depender, el enemigo que nos hace perder el mundo, el enemigo que el 1 de Octubre de 2017 nos obligó a escucharnos decir no y al que hoy, seguimos agradeciendo el habernos dado la oportunidad de recuperar nuestra forma humana y de cerrar así, el círculo de nuestro antiguo cinismo.

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