Primero pensé que odiaba a los niños por obligarme a odiarles. Despúes pensé que odiaba a los padres porque no me dejaban odiar a sus hijos que gritaban libertad. Estaba equivocado. A quién odio realmente es a esa persona que nadie quiere y que nos secuestra a todos con su sonrisa, que llora mal y que nunca dió las gracias a sus padres. A ese fracasado incapaz de revelarse ante el éxito de su futuro y a ese perdedor que solo sabe ganar. A ese que habla a los animales para escucharse a si mismo, que escucha a las personas sólo para oir a Dios y le dice a Dios que es un animal.

Nuestros hijos ya no son lo que más se parece a nosotros pero tenerlos sigue siendo la manera más fàcil de pedir ayuda. Como ya no los tenemos porque el arte nos robó el egoísmo, ahora, para pedir ayuda, publicamos nuestras propias fotos de cuándo éramos niños en las redes sociales. Pedir ayuda es un arte que sólo los niños entienden, es el tema principal de la guerra que hemos querido olvidar para poder tener un futuro. La tecnología ha acabado con el progreso. La tecnología es lo que más se parece a nosotros y lo que más nos acerca a lo que ya somos. La selección natural ha muerto y el arte nos ha convertido en ganadores.

Toda la esperanza recae ahora sobre las madres. El futuro las teme y el arte por la misma razón, las detesta. Las madres no tienen razón porque no necesitan pedir ayuda y sueñan con la guerra para poder renunciar a la derrota. Las madres que no tienen razón dialogan para vencer a su enemigo con forma de hijo y a su hijo con forma de enemigo. Las madres que dominan la forma no tienen futuro porque son las únicas que pueden escoger.

Las madres no son las madres porque no se someten a si mismas para poder ser. Nosotros no es violento ni es una apariencia pero no se pertenece y nunca ganará la guerra. Nosotros ni tampoco vosotros ganará la guerra porque la guerra del discurso no existe. Ganar la guerra es ganar la guerra del discurso que no existe. Aunque consigas ganar la guerra, no serás bendecido ni condenado. Nosotros es el futuro no secuestrado por el tiempo, la no manera de ser, nuestra única voz y nuestro único acto.

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