En estos tiempos extrañamente reconocibles en el que todo, al fin, ha conseguido ser lo que parece y que por eso ya nadie necesita saber mirar, unas de las mejores formas para conocer y hablar con criterio sobre alguna cosa que se nos señala y se nos muestra, es no mirarla directamente. Mientras se discute insistentemente sobre si la luna fue pisoteada o no, nuestra única salida es centrar la mirada en el dedo obligándole a señalar a nuestra rebeldía adolescente y tonta. No somos el héroe sino la guardiana monstruosa de un mensaje real que nunca podemos transmitir porque, antes, nuestra voluntad lo congela todo.

No mirar nos puede salvar pero no es tan fácil como parece. Antes, debemos reconocer qué es lo que no debe ser mirado. En ese sentido, el héroe lo tiene mucho más fácil que nosotros. El héroe puede escapar, en cambio, a nosotros solo nos queda acudir, una y otra vez, a ese lugar que creemos no conocer, que es lo que hacen los dioses cuando nadie los ve y se comportan como héroes.

Una estrategia posible es recurrir al arte pero el arte, si no nos enseña a no mirar, no le queda más remedio que refugiarse en la belleza, y nosotros hablamos de un cara a cara. Por tanto, deberías esconderte del arte o se irá pareciendo cada vez más a ti. Por otro lado, la deformidad, la tierra y la mentira, por definición, no aceptan ser no mirados y por ende, nos servirían demasiado para nuestro propósito. La única forma para reconocer qué es lo que no deber ser mirado es a través de los ojos de los hijos deborados. Así pues, las madres son el único ejemplo visible posible de nuestro ego y la única oportunidad que tenemos de ser perdonados.

En estos tiempos extraños en que, al fin, es posible hablar con propiedad sobre algunos asuntos, la monstruosidad y la libertad que juntas antes tanto nos incomodaban, ahora ya no lo hacen porque hemos superado nuestra voluntad, al igual que los dioses encegados por la incompresión y el rechazo. Por culpa de esto, el arte seguirá sin perdonarnos y siempre preferirá traumatizar nuestra mirada para poder hacernos felices.

Ocultos del arte solo nos quedan, por lo tanto, nuestras manos, silenciadas durante la censura de siglos, para poder hablar con criterio. Desazte de todos los objetos que interrumpen tus manos para poder arrasar con todo, contigo, con tus intereses y con las formas más hermosas. Vacía tus manos para poder dejar las cenizas convenientes a su paso, como un ejército enloquecido, con el alma suficiente para sentir que avanzamos, de nuevo, hacia el fuego.

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