En un momento de cobardia absoluta, siempre uno, me propongo hacerlo. Solo espero llegar a compartir la vergüenza con alguien o estaré perdido. Es una cobardía premeditada, trabajada y madurada durante años pero eso no me asegura el reconocimiento mutuo ni el perdón. Este es mi testimonio a la espera de toda la violencia que me puedas dar.

Antes de seguir leyendo y sin importar si te gusta o no, yo te recomendaría que dejaras de leer y salieras corriendo. Corre, lector, corre porque nuestra naturaleza se expresa con la huida, es narrativa, y leer, en cambio, es evidente.

Si lees, tarde o temprano, querrás defenderte porque todo lo que lees, en mayor o menor medida, está escrito por cobardes que en su momento no se atrevieron a huir y que solo te dejarán hacer estas dos preguntas: '¿Acaso leer es el acto de sumisión más repulsivo? ¿Es el libro el objeto mismo cuya belleza y perfección sirven como puerta de entrada al mismísimo demonio?'

En mi caso, escribo para hacerte pasar hambre y la industria no tolera eso. La industria no se alimenta de tu hambre sino de tu lectura y de la revolución. Por eso me temo que tu huida nunca será de una forma lo suficientemente conservadora para poder lograr las consecuencias necesarias sobre lo que sea que queramos derribar. Seguiremos leyendo para poder seguir sosteniendo la estructura jerárquica que nos da sentido a todos y a todas. Leer es asesino, y machista claro, aunque no creo que nadie se dé por aludido ya que para poder leer necesitas ser machista o asesino, lógicamente.

Pero lo peor no eso, lo peor es que seguiremos siendo acosados por el sueño frustado de no haber conseguido una infancia, una personalidad o una condición aislada y enfermiza que diera un poco de lustre a nuestros escritos y asesinatos.

Alguien ha sido cambiado en el campo de batalla. El objetivo podría ser mi propio ego. Esta es una estrategia frecuentemente utilizada y sospecho que es de lo que trata esto. No hay problema ni tampoco ningún enemigo y solo me queda el recurso de acumular el resentimiento, el miedo y la cobardía necesarios para poder saber cómo pedir perdón a la persona equivocada.

Las contradicciones son inevitables, infinitas y preciosas. La vida no tiene por qué ser contradictoria pero la verdad tiene que tener esa posibilidad. Por este motivo, esto que lees no es lo que piensas. Sigo sin saber a dónde voy y sigo sin poder justificar que estoy perdido porque sé que llegaré a tiempo.

Como decía, nuestro ego es posiblemente el mayor error estratégico de nuestra época. El ego está fuera y toda esta idiotez que te corroe es mía.

La belleza, si te acercas, verás que es solo el fruto del desequilibrio y la enfermedad. La reacción a una agresión que llamamos vida. Nadie en su sano juicio quiere crecer porque tal cosa no existe mas que en la enferma y herida voluntad del otro, del sol y de la luna. Lo único que puede dar realidad es el amor. Eso lo saben las plantas y los pájaros que lo primero que hacen es convertir la realidad en una idea para poder morir.

Necesitamos abandonar la nefasta necesidad de crear. Esto está deborando a los jóvenes ya que es la única forma que
les queda para traficar con el tiempo. El tiempo nos dicta dos únicas formas básicas de creación. Una, relacionada con el origen y que lo más honesto es abandonar rápidamente. Y la segunda forma, la cual no existe, es esta que estás leyendo. Se trata de poner el suficiente talento para hacer lo que peor sabes hacer y desafiar al destino obligandole a decirte quien eres. Tu talento es anterior a ti mismo y se asemeja más a la verdad que al origen. Por eso siempre lo traicionas. El talento siempre es una cuestión política y de género y es por eso que el talento nos deja siempre sin opciones.

Creo que si las preguntas están sobrevaloradas es porque las respuestas no son lo suficientemente atrevidas hasta el
punto de ser asesinas. Me persigue, desde hace unos días, una respuesta brillante sobre ti y sobre mi. Quiero dejar aquí constancia de mi voluntad de abandonarla poniéndole un nombre, haciéndote huir, guerreando, imaginando de la forma más artificial posible, lejos de esto que lees que me sirve demasiado.

Hay tantas cosas que me dan pena. Los filósofos deborados por la filosofía, siempre con su sonrisa. Los poetas, siempre creyendo que existe algo más importante de lo que hacen, sin poder creer en su equivocación. Y los creyentes, siempre con la modernidad a cuestas, capaces de renunciar públicamente a su fe antes que de compartir la carga de semejante cruz. Estas penas no son desgraciadas, no están prohibidas, por eso congelan todo lo que decimos.

El foco que se ha ido poniendo sobre mi me obliga a empezar cada día. Esa es la sensación que a veces se confunde con el instinto morboso de querer tocar a Dios o con la sensación de acoso sexual constante o con la vergüenza ajena de construir algo propio o con la necesidad de sentirme culpable. Mientras utilicemos las palabras para decirle que sí a todo a papá no nos quitaremos el foco de encima.

Ahora que empiezas a entender de lo que se trata, ahora es cuando oyes el silvido de la bala rozando tu cabeza. No es algo natural sino el digno disparo con la fuerza necesaria para sostenerte en el tiempo. Un disparo que no me permite proyectarme, que no entiende nada de eso, una gran oportunidad, una posibilidad nueva de ti.

Un disparo que ha de volver, desesperado y breve. Un disparo con la violencia del espíritu de un niño que te vacíe la cuenca de los ojos de todos los futuros certificados, dicen que por un disparo.

Ese silencio que oyes es el silvido de un disparo, escrito con palabras y lecturas que mienten y no sirven, que nos necesitan. El único problema es que tú nunca eres quien dispara ya que al disparar te alejas irremediablemente de la víctima donde todo se vuelve confusión y alivio. Por supuesto.

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