La no-violencia no responde a nada. Le toma al contrario el control del enfrentamiento declarándose abiertamente no-legal. La no-violencia es ser no-legal para crear un estado de injusticia que antes no existía. La obsesión de la no-violencia no es la violencia es la ley. No destruye nada sino que se construye siendo no-legal. La no-violencia sabe que la verdad de la violencia no se puede negar. La no-violencia renuncia a su enemigo para poder golpear y asume la injustícia como un cuerpo que ya no puede herir.

La no-violencia quiere ser el hombre de esta nueva era, el hombre libre al que ya no le dejan respetar nada, aislado en un entorno de paz que lo trata como a una bestia. El hombre ya no existe.

Así como la no-violencia lucha por ser el hombre nuevo, la no-palabra lo hace para convertirse en la mujer nueva. Todas las fuerzas de la mujer son aprovechadas por el lenguaje para someterla, para impedirle no respetar nada y para recordarle constantemente que siempre existe. La mujer controla la guerra, controla las armas y a los enemigos, pero el lenguaje sigue sin reconocerlo.

La no-palabra es la verdadera forma de la guerra. Es donde se encuentran el hombre y la mujer por primera vez y se produce la inspiración que nos libera finalmente del lenguaje. Donde la libertad nos hace verdad.

La no-palabra quiere ser la mujer de esta nueva era, la mujer sin miedo que sabe que lo falso es la verdad que no se puede negar y aquella que ha dejado de recordar cómo obedecer.

Necesitamos mujeres que mientan. Necesitamos hombres inútiles que no sirvan, hombres incultos que no crean. Sólo la mujer valiente que mienta reconocerá al hombre y sólo el hombre sin culto y sin servir reconocerá a la mujer. De este reconocimiento mutuo depende la libertad de todos y lo más importante aún, la forma de la libertad.

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