La Gran Batalla que nos da forma y que crea el mundo solo puede ser una gran batalla ridícula. La influencia enorme de la Gran Batalla sobre lo que vamos a contar solo se puede conseguir bajo una apariencia de diversión y de juego. Cualquier otra forma perdurará en el tiempo pero no será tiempo y por lo tanto su efecto en nosotros será lo suficientemente reducido para provocar sufrimiento.

A diferencia de la Gran Batalla, las batallas en la historia nunca se libran para poder crear un futuro que hable por nosotros. En cambio, la apariencia de diversión y juego atraviesa las defensas de la historia para dejar hablar a la memoria. La memoria no nos hace recordar nada, nos hace escuchar al mismo yo que siempre estuvo aquí. Seguiremos sin ser nosotros pero al menos estaremos presentes que es la única forma no violenta de dar las gracias.

Hemos dejado de confiar en la memoria porque la historia, el arte y Dios nos permiten ser serios. Esta seriedad nos impide saber ganar y perder. Cuando no se sabe ganar y perder los problemas del mundo se hacen no posibles. Los problemas que son no posibles tienen la virtud de explicarnos pero para eso la apariencia de la guerra debe provocar víctimas y sufrimiento. El dolor del conflicto no es que no se resuelve, es que no se produce.

No podemos ganar o perder porque dejamos que el futuro nos susurre al oído que el futuro son los otros, los demás. Esta intuición que nos queda es nuestra falta de egoísmo. El egoísmo no evita la guerra pero sí evita la apariencia de la guerra que es la que nos utiliza a ti y a mi para poder perdurar en el tiempo.

Mientras perduramos en el tiempo no podemos ser libres. Al explicarnos libremente nos colocamos a un paso de ganar y de ser eternos, de ser la causa de todas las guerras y de todos los conflictos en el tiempo y de no poder evitar entrar en el paraíso.

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