No hay ninguna negación, ninguna resistencia, ninguna equivocación. Sólo nuestra inocencia hablando al tiempo. En esa conversación se concentra todo. La opción definitiva para salvar el planeta y mejorar la sociedad. Tu sentimiento de ira y la duda sobre ese sentimiento. Y aquel motivo que te hizo sonreir. No poder decir no, nos permite vivir y crear. Para poder escoger o para no creer en esto que estoy diciendo, todas las opciones se deben desarrollar al mismo tiempo o lo que es lo mismo, que la inteligencia nos obligue a mirar, que la situación ya solo sea capaz de pensarlo todo y dejemos de pertenecerle. De esta pérdida nunca te lamentas.

Llevamos años sin poder dejar de aprender. Privados de la guerra, todas las luchas, el sufrimiento, las renuncias y los sacrificios que hacemos, no los hacemos para sobrevivir sino para poder sufrir, renunciar y sacrificarnos, para poder definirnos y poder saber que eso no nos define. Hemos dejado de ser supervivientes porque antes aprendimos a ser ganadores. Mientras la mayoria de niños y de animales gritan libertad, tú y yo forcejeamos para podernos dar las gracias.

Con la belleza no se construye nada. Tampoco con la imaginación. Si la belleza es una consecuencia, entonces es que estamos perdidos en el sentido del tiempo, donde no se crea nada excepto todo lo que tiene valor. De esto en cambio, de esta ganancia, siempre te lamentas. La belleza se presenta con la voz con la que tu pasado te habla, en ese encuentro sin embargo, seguiremos estando perdidos.

Como ya he dicho en muchas ocasiones, estar perdido es la única manera de estar en dos sitios al mismo tiempo y la única manera de evitar que el callejón sin salida, en donde nos coloca la belleza, se convierta en un refugio, en la respuesta que nos espera o en decir que la vida es simple. Estar perdido es tener el derecho a denunciar que la naturaleza mata a los animales y a la vez, denunciar que éstos, nos están matando. Y poder reconocer que ese es el contexto que nos impone una identidad con forma de estatua de sal, una identidad incapaz de evitar ser arrollada por la creación del movimiento muerto.

La sociedad que proteges con tus sueños es una bestia que quiere cambiar el mundo, la naturaleza, más veloz que la luz de tus ríos y de tus montañas, que se alimenta cada segundo de la cantidad de lo que no haces y de lo que no dices.

¿En qué se diferencia el hombre del animal?

Las preguntas nos siguen condenando. Hemos olvidado que el lugar desde donde preguntamos es un lugar anterior incluso al tiempo. Para recordar, puedes aferrarte a la digna fealdad del verbo ser. Y reventar una y otra vez con su ayuda. Y dar gracias. El hombre-animal no es el hombre del futuro, es el lugar desde donde preguntas. La naturaleza de Cristo es animal, la opción ciega y digna que nos permite ver.

No hay ninguna negación, ni ninguna equivocación y de ahí, la importancia de lo deforme. Lo deforme nos salva. Nos aleja de nosotros mismos. Si quieres rezar por algo, reza por lo deforme. Si no quieres quemarte con la comida, dormir mejor, equilibrar tu energía, ten siempre presente  lo deforme en tus pensamientos. Lo deforme nos conecta con Dios, a través de sus ángeles, y sólo lo deforme me acerca a ti.

Te escucho. ¿De verdad sabes para quién escribes? ¿De verdad quieres saber porqué acabas con los hombres, con el mundo y con el tiempo, con tu voluntad y tu pequeño egoísmo? Escribir es la solución de la que siempre huyes, en cualquier dirección. Escribes para dejar de ser y con ello has conseguido que, por primera vez en cientos de años, la creación pareciera posible, impuesta. Por eso te rodeas de gente. Tu cerebro puede olerlo.

¿Para qué escribes? Esa es la pregunta que nos permite entrar en el siglo XXI, que nos permite escoger, que nos permite preguntarnos. Escribes para no poder frenar nada y eso te da la medida aparente de quien es. Alguien sin vida. Palpitante. Cada vez más tu. Hasta encontrarte en una pregunta que nunca termina.

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